4.9.11

Donald Westlake: La esmeralda candente

La esmeralda candente (Buenos Aires: Sudamericana, 1978), publicada años después en España bajo el nuevo título de Un diamante al rojo vivo (Gijon: Ediciones Júcar, 1988) es una de esas extraordinariamente graciosas novelas escritas originalmente en inglés que uno tiene la oportunidad de leer antes de morirse.

La historia es sencilla: hay una esmeralda valiosa que un grupo de ladrones tiene que robar para posteriormente entregar a un funcionario extranjero que les pagó para que hicieran precisamente eso. Pero las dificultades se acumulan y deben hacer frente a situaciones cada vez más inverosímiles, desquiciadas, hasta el final de la historia que no voy a contar, desde luego. Esto no explica, por supuesto, por qué el sólo hecho de leer la palabra "Dortmunder" le arranca una sonrisa a quien quiera que haya leído esta novela, y es que "Dortmunder" gratifica como sólo puede hacerlo palabras como "Wilt" o "Ignatius Reilly", y a buen entendedor, pocas palabras.

El cambio de título se debe a que, en 1972 (dos años después de publicada), la novela es llevada al cine con un nuevo nombre, una nueva piedra preciosa y una estrella que brilla tanto como las esmeraldas y los diamantes, Robert Redford. A mí, si me preguntan, me parece bastante menos respetuoso de sus espectadores que la esmeralda pase a ser un diamante, porque parece como que no nos consideran capaces de entender que la importancia de la joya es la que es (la esmeralda Balabomo, "casi tan grande como una pelota de golf", es objeto de culto para la distópica nación africana Talabwo) y no por su valor pecuniario, que aunque elevado no era lo determinante de su cotización. Al convertir la esmeralda en un diamante, parece como si nos dijeran "tontitos, es muy valiosa, dense cuenta". Además, y como comprobé leyendo simultáneamente una edición actual de Círculo de Lectores con la antigua de Sudamericana, el cambio de piedra arruina alguna situación cómica en las ediciones posteriores.


Mención aparte merece el trabajo de los traductores. Cora Nydia Belloni de Zaldívar firma la traducción de Sudamericana y Bruno Suárez la de Júcar. Pues bien, el trabajo del bueno de Bruno Suárez es prácticamente idéntico al de la señora de Zaldívar. Tan parecido, que si me lo preguntaran, contestaría que las diferencias más notables entre uno y otro es que donde en Sudamericana aparece la palabra "carajo" en Júcar hace presencia la palabra "coño" y donde de Zaldívar prefiere "hora pico", Suárez elige "hora punta". Y, para no olvidarlo, que Suárez arruina alguna situación cómica por modificar una frase de tal forma que, en su contexto, ya no puede ser graciosa (la genial última reflexión de Dortmunder frente a un manicomio antes de decidirse a asaltarlo, por verbi gratia). Si me preguntan, apostaría doble a sencillo que el bueno de Bruno Suárez cobró un dinerito para, sencillamente, adaptar la traducción de la señora de Zaldívar al español peninsular y olé, copiando incluso y escrupulosamente las animaladas ortotipográficas de la edición de Sudamericana (fascinante resulta, por ejemplo, la utilización de la puntuación, asociada a los paréntesis o no, en una y otra edición; y curiosamente, paralela em ambos libros...). Como siempre, una muestra más como cualquier otra de que los máximos interesados en reprimir a quienes "no respetan los derechos de autor" son los primeros en cagarse en los derechos de autor cuando no son sus propios derechos de autor, aunque esto ya es un off topic como una casa.

Volviendo al tema que nos ocupa, la narración de las desventuras de Dortmunder y su pandilla en esta, la primera novela que su autor escribe teniéndolo como protagonista, funciona como un crescendo sostenido y sin dudas, metódico, inevitable e impiadoso. No es una novela de gags, aunque los gags abundan. Es una novela que a pesar de ser exuberante es, también, reconcentrada y casi, casi, minimalista. Tiene mucho de humor minimalista La esmeralda candente, pero nada de frikismo post vaya uno a saber qué, afortunadamente. Westlake es exigente a su manera, con el lector. No nos ofrece un Wilt pegado a una muñeca hinchable ni un Ignatius Reilly enfrascado en un duelo contra su empleador armado de un tenedor para pinchar salchichas; nos ofrece personajes cansadísimos ante su mala suerte inaudita a pesar de no creer en malas suertes, nos ofrece perros que razonan a su manera, nos ofrece situaciones que se van repitiendo a lo largo de la historia nunca de la misma forma ni con igual intensidad y que me da pena aludir aquí, para no arruinar el efecto. De todos modos, por si hacía falta aclararlo, es necesario comentar que el hecho de que La esmeralda candente sea mucho más contenida que las explosivas novelas de Tom Sharpe o de John Kennedy Toole no implica, desde luego, que debamos leerla con una semisonrisa: nos reiremos a carcajadas muchas veces, nos reiremos de esa forma que nos hace descubrir que nuestra risa vale la pena, que nos alegra el día y nos hace la vida más bella y más buena.

2 comentarios:

Lluís Salvador dijo...

Hola:
Te había prometido un comentario, pero problemas con internet me han retrasado hasta ahora.
Has hecho una reseña enormemente informativa, y muy precisa en cuanto a las ediciones que se han publicado en castellano. Por mi parte, sólo agregar que, dentro de ese especímen único que fue Donald Westlake, creador casi en exclusiva del humor en el policiaco (otro genio sería Fredric Brown, pero se decantaba más por lo "bizarre", aunque sus novelas son enormemente disfrutables), la serie Dortmunder es una de aquellas que vale la pena leer y conservar como la joya que da título a este libro. Desopilantes, tremendamente inventivas, siempre dando una vuelta de tuerca más a un argumento que parecía que ha llegado al límite, Westlake y su obra merece ser más conocida en España.
Un saludo cordial!

ferbr1 dijo...

Hola: cuesta asimilar eso de que en un policial no hay que descubrir quién es el asesino o el ladrón, ¿verdad? Pasa en las novelas de Agatha Christie, pero en las de Raymond Chandler, también, aunque los intereses del lector en una y otro vayan por carriles muy diferentes. De todos modos, si Una esmeralda candente no es un policial, ¿qué podría ser? Creo recordar que Borges o Bioy Casares o los dos juntos dijeron que las grandes obras literarias de la historia habían sido policiales, porque siempre había un crimen y generalmente un castigo. En fin, pues eso. ¡Saludos!