El protagonista
De todos modos, aquí y allá, hábilmente, el novelista nos muestra pequeños detalles de su personalidad para recordarnos que, también, Earl Turner es humano (no "subhumano", por supuesto); entonces, por ejemplo, le hace un torniquete a una señorita que acaba de volar por los aires, junto a varias decenas más de personas, en el atentado terrorista que él mismo acaba de perpetrar, o se conduele ante el sufrimiento de una menor de edad a punto de ser violada por dos subhumanos presuntamente latinoamericanos o, también, le vuela los dientes de un puñetazo (a traición, pero eso suponemos que es un detalle) a un tipo que intentaba violar a su novia. Mientras tanto, las víctimas sin nombre de las acciones de Earl Turner siguen cayendo como moscas, aunque Earl Turner siempre, recordémoslo, es bueno, justo, noble, duro y trabajador. Todo eso, aunque asesina inocentes todo el tiempo, aunque él y sus camaradas asesinan alevosamente a todo aquel que se pone en su camino, aunque siempre tomándolos de improviso, nunca de frente. Un "negro" está trabajando conduciendo un camión y ocupándose de sus cosas: lo asesinan a traición. Otro "negro" está trabajando conduciendo un taxi y ocupándose de sus cosas: lo asesinan a traición. Un judío sale a atender la puerta de su casa: lo asesinan a traición. Veinte iraníes son eso, iraníes, y se ocupan de sus asuntos: los ejecutan. Y así. Todo el tiempo. Pero, por supuesto, los judíos y los "negros" son malos, traidores, cobardes, etcétera. Son tan malos, que ven un gato de color blanco, y lo matan por ser de color blanco, porque ese es otro de los detalles del libro: a medida que su autor lo va escribiendo, parece que la necesidad de reconvertir la sociedad que lo apremia se trastoca, también, en un deseo de desdibujarla hasta convertirla en una caricatura: los malos son tan malos malosos, que matan gatos porque son de color blanco. Y eso parece que justifica asesinar a muchas personas todo el tiempo y en todos lados.
El personaje de Earl Turner, sobre todo al principio, parece estar inspirado en el Che Guevara. Por lo menos, en el Che Guevara que escribía sus propios diarios y no parecía sonrojarse exponiendo allí sus debilidades como guerrillero y como persona. Es un toque de sabiduría en la novela, claro está, porque convierte a Earl Turner en un personaje cercano a cualquier lector, le quita hierro, lo despoja de pedantería, lo cual le otorga simpatía, claro está. Que esta sabiduría de la novela es un recurso prestado, se me presenta diáfano, y le quita encanto (permítaseme la palabra, ya que estoy escribiendo sobre una obra literaria). Earl Turner nos muestra sin pudor cómo casi no pudo reaccionar ni moverse en su primera acción armada (un asesinato a sangre fría y a traición, por si hacía falta aclararlo) y uno se acuerda inmediatamente del Che Guevara, cuando nos contaba más o menos lo mismo (aunque sin sangre fría ni traición, por si hacía falta aclararlo). Por supuesto, al mostrarnos sus debilidades, nos tiene que caer simpático. No va por la vida diciendo que es bonito, valiente e inteligente, y eso no tiene que caer simpático. Tampoco tiene pudor en mostrarnos que sus ideas personales no siempre son las mejores ni las más acertadas o inteligentes. Hay otros compañeros que, verdaderamente, son inteligentes, y ellos son los que nos llevarán a la victoria. Eso también es simpático, por supuesto. El problema surge cuando el novelista recuerda que es la voz de Turner la que debe funcionar como "biblia de la extrema derecha", como megáfono ideológico y operativo. Es en ese momento en que Earl Turner se transforma en un personaje redondo de la peor manera posible, ya que es, al mismo tiempo, un muchacho aparentemente sencillo y trabajador, pero al mismo tiempo nos adiestra ideológica y operativamente, una combinación extraña.
Es una novela cínica, con una dosis de cinismo que no vi en ninguna otra que haya leído anteriormente. Siendo una persona honesta, no es posible leerla sin que a uno se le revuelvan las tripas ante el salvajismo y la mentira que la corroen en todas sus páginas. La novela tiene una estructura sencillísima, rítmica, un crescendo dramático con clímax y anticlímax que se suceden sin solución de continuidad, hasta el final apoteósico, claro está. Mucha tontería de ciencia ficción por aquí y por allá, como explicarle al lector, ubicado en un futuro no muy lejano, qué eran las millas o qué eran las drogas (los arios, por lo menos en el futuro, no usan millas ni drogas), y esas cosas. Turner está solo, pero en seguida encuentra compañera, además de cruzarse con varias chicas que estarían dispuestas a serlo si él no fuera tan bueno y fiel y justo y esas cosas.
La novela da asco, en definitiva, porque sus objetivos morales son tan nauseabundos, que no hay quién la aguante. ¿Cómo se puede tener como objetivo en la vida asesinar a todos los que no sean "blancos", no importa su edad o condición? Misterio. ¿Cómo se puede proclamar que quienes tienen esos objetivos son buenos y justos y leales y valientes y etcétera? No tan misterio: el cinismo es imprescindible. Y cuando se pierde el cinismo, pasa lo que a Edward Norton en América X: se deja de ser nazi.
Los "enemigos" de "los buenos" no son más que caricaturas. Genéricamente, se los nombra como "zombis" o como "subhumanos", pero cuando se describe más específicamente a estos zombis y subhumanos, cuando actúan en tanto "negros", "judíos", etc., se desdibujan hasta convertirse en caricaturas siniestras y malintencionadas.
Los "negros" de la novela piensan, actúan y sienten básicamente como monos, son vagos e inútiles y parecen obsesionados por emborracharse, drogarse y violar jovencitas blancas de entre 14 y 17 años, generalmente antes de devorarlas (porque son, además, caníbales), jovencitas que, por otra parte, siempre parecen tener un lugar en los pensamientos del protagonista, tanto solas, como acompañadas por un negro que se las come o las viola. Extraña obsesión viniendo de un personaje tan puro y justo y noble.
Los "judíos" son desagradables y cuando tienen accesos de ira, algo que les ocurre prácticamente sin poder controlarlo, gritan y se babean de tal forma que se llenan la barba de espumarajos. Como no podía ser de otra manera, son "astutos". No hay ningún Saladino, por ejemplo, que les oponga una resistencia real, que los obligue a sacar lo mejor de ellos, que haga relucir su victoria y la haga meritoria. Los "blancos" siempre son los más inteligentes, trabajadores y valientes. Luchan contra caricaturas las cuales desinflan la credibilidad de la novela en tanto tal, y ese es uno de los puntos realmente flojos de Los Diarios de Turner en tanto obra literaria. Por no hablar de que no hay originalidad alguna en la típica descripción antisemita del "judío" como un ser maligno que se enoja y babea sobre su barba, caricatura que, ya en la década de 1970, no era más que un patético recurso propagandista, usado por quien no puede o no quiere esmerarse un poquitín más. Un pedazo de los panfletos antisemitas del siglo XIX metidos con fórcep en una obra literaria de finales del siglo XX. Un Emmanuel Goldstein algo tuneado, encajado a la fuerza porque, se ve, entre los convencidos, los de su ralea, no basta esmerarse más que con eso. Bastante decadente, incluso.
¿A qué le hace recordar a uno la lectura de Los Diarios de Turner?
Leer Los Diarios de Turner es como usar un baño inmediatamente después de que otro usuario, con mucha diarrea, acaba de abandonarlo. Da asco, arcadas y lo hace sentir a uno un poco más miserable que de costumbre. La novela es un desfile de horrores sometido a un crescendo a lo bestia, y salpicado de un cinismo a prueba de bombas. Porque ese es el secreto para ser un nazi como Dios manda: hay que ser profundamente cínico. Tanto, como sea necesario para proclamarse bueno, noble, justo, sacrificado, valiente, etcétera, y después andar matando a traición o con bombazos a cuanta persona se cruza en tu camino. Tanto, como para quejarse amargamente de que los medios del sistema lo acusan a uno de ser "racista" (siempre entre comillas, que no se nos olvide), pero al mismo tiempo odiar, despreciar y asesinar a todos los "negros", latinoamericanos y judíos. ¿Qué mierda se es, si no se es racista, si uno odia, desprecia y asesina a los "negros" por ser "negros", a los judíos por ser judíos y a los latinoamericanos por ser latinoamericanos? Misterio. Pero Earl Turner y su panda no son "racistas" (entre comillas). Quizás sean realistas, como Josep Anglada... De todos modos, hace falta un doblepensar grande como una manada de elefantes para conseguir eso. Y, al parecer, hay muchos que lo consiguen: todos los que se ponen a bailar con el diablo y acaban cambiados por el diablo. Y la mezcla de cinismo y estupidez es muy peligrosa. Ahí están todos esos nazis de sangres de mil colores diferentes para atestiguarlos, esos nazis de piel color de aceituna que levantan su brazo haciendo el saludo solar, vaya uno a saber por qué extraño complejo de inferioridad, y se creen que podrían ser victimarios en vez de víctimas. Pescadillas que se muerden la cola a pesar de tener el cerebro más evolucionado del reino animal.
Obviamente y en primera instancia, a quienes su autor plagia en forma más o menos descarada. Seguramente Nietzsche, el Che Guevara, los panfletos antisemitas de la Alemania Nazi. A mí, también me hace acordar a La Divina Comedia y a 1984. La perversidad minuciosa con que su autor describe los distintos horrores que los "blancos" (los buenos de esta novela...) infligen a sus enemigos (los malos) sólo son comparables, salvando la distancia, con las ocurrencias de Dante. La conección con 1984 también es evidente, toda vez que ambas plantean una distopía en la cual una ideología totalitaria acaba victoriosa. El punto de vista de 1984 es el de los vencidos y el de Los Diarios de Turner el de los vencedores; si William Luther Pierce hubiera tenido motivaciones un poco más literarias y no tanto propagandísticas y de odio, su novela podría haber llegado a tener el nivel de 1984. Pero no: prefirió convertir a sus enemigos en caricaturas; prefirió convertir a los "buenos" también en caricaturas. Los Diarios de Turner es como 1984 si su narrador no hubiera sido Winston Smith, sino el Gran Hermano. De hecho, final de la novela parece un documento pergeñado en las entrañas del Ministerio de la Verdad: De entre esos incontables miles, Earl Turner no jugó un papel discreto. Ganó la inmortalidad aquel oscuro día de noviembre, hace 106 años, cuando cumplió con fe las obligaciones para con su raza, para con la Organización y para la Orden sagrada que lo admitió en sus filas. Y haciendo lo que hizo, ayudó enormemente a que su raza sobreviviera y prosperara, a que la Organización alcanzase sus objetivos políticos y militares en todo el mundo, y a que la Orden gobernará con sabiduría y benevolencia en toda la Tierra, de ahora en adelante y para siempre. Estremecedora la "benevolencia" de la Organización: la misma que, por ejemplo, se ufana de haber asesinado a todos los chinos (a todos, eh...) en algo más de cuatro años.
No leí más clásicos de la literatura nazi que Mi Lucha y Los Diarios de Turner. Aún no tuve estómago para leer Los Protocolos de los Sabios de Sión ni El Judío Universal. Pululan por ahí, en sitios webs infectos, algunos PDFs, pero no hay ninguna garantía de que las versiones sean fieles al original, y me resisto.
¿Es creíble Los Diarios de Turner?
Los Diarios de Turner no es un libro creíble, ni tan siquiera analizándolo bajo su propia lógica. Hay elementos de la novela que sí son creíbles: básicamente, la eficaz descripción de que para los nazis el fin justifica los medios en el más amplio sentido. Por lo demás, Los Diarios de Turner es un panfleto, y como tal debe ser leído. Incluso, y analizándolo en un sentido estrictamente literario, Los Diarios de Turner dentro de la sociedad distópica que describe, no sería otra cosa que un panfleto convenientemente expurgado por las autoridades de la nueva sociedad aria. El regodeo con que su autor deforma a la sociedad norteamericana y a los elementos que él desprecia, aunque seguramente habrá sido muy placentero para él el escribirlo y para los de su ralea el leerlo, es su debilidad más destacada. La única posibilidad de comprender estas deformaciones caricaturescas de la realidad (los judíos que se enojan y babean; los negros que violan y canibalean y el hecho de que su autor, despreciando los muchos ejemplos históricos a su disposición, asegure que sólo ellos, los negros, apelan al canibalismo cuando están por morirse de hambre; los padres que permiten que sus hijas sean violadas por miedo a ser racistas, etc., etc., etc.) y encajarlas en una historia coherente, es tomando a Los Diarios de Turner como un panfleto escrito ad hoc en esa sociedad distópica en la que los nazis han ganado. O eso, o aceptar que las torpes caricaturas de su autor son sólo eso, torpezas y mala baba.
Aceptando que Los Diarios de Turner debe leerse como un panfleto y no como un diario, la "total victoria de la raza blanca" queda en entredicho, y es claro para cualquiera que hubiera leído 1984: Los Diarios de Turner es una patraña ideada por el Ministerio de la Verdad de la victoriosa sociedad nazi que describe.
¿Es útil, necesario, leer este tipo de literatura?
Bueno, en mi opinión, sí. Es una manera muy rápida y efectiva de descubrir qué clase de ideas y sentimientos tiene la gente de esta ralea, y de descubrir hasta dónde llega su cinismo, de descubrir hasta qué punto creen que el fin justifica los medios (condenar a millones al hambre; asesinar a quien piensa diferente a ellos; asesinar a quienes tienen una pareja de diferente raza que la propia; torturar a quienes piensan diferente; cometer atentados terroristas de cualquier forma imaginable, sin importar las víctimas o, mejor aún, considerando que cuantas más haya, mejor; asesinar a todos, absolutamente todos los seres humanos que no son "blancos", sin importar su edad. Y miles de etcéteras más, prácticamente un por cada una de las aproximadamente 300 páginas de la novela), y cuánto mienten acerca de esos fines. ¿De qué otra forma uno podría siquiera imaginarse que estos sujetos consideran una buena acción el colgar a miles de mujeres, por ejemplo, por el privado y personal hecho de haber decidido casarse con un negro o con un judío? ¿Cómo puede imaginarse uno que, para un nazi, es bueno asesinar a más de mil millones de chinos en cuatro o cinco años por eso, por ser chinos? ¿Cómo puede uno imaginarse que ese tipo de ideas pululan por las cabezas de los nazis, si no es vociferado por sus propios propagandistas? Yo creo que, incluso, no sería mala idea que su lectura fuera obligatoria durante la Educación Secundaria: bastaría con preguntarles a los alumnos de qué lado piensan que estarían si triunfara un movimiento como el de la Organización, si del de los poquitos "vencedores" o de los muchos aniquilados por crímenes de pensamiento, por ser de piel oscura, por escuchar música degenerada o por, simplemente, estar en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Y preguntarles qué suerte correrían sus amigos, sus familiares, sus novios y novias, etcétera. Una manera eficaz como cualquier otra de hacer presente a las generaciones actuales que, si se quedan silenciosos cuando van a buscar a los comunistas, a los socialdemócratas, a los sindicalisas y a los judíos, los siguientes que irán a buscar será a ellos mismos...


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