9.6.11

Donde haya un Unamuno...

Miguel de Unamuno escribió que:
No hay más diálogo verdadero que el diálogo que entablas contigo mismo, y este diálogo sólo puedes entablarlo estando a solas. En la soledad, y sólo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo como a prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar a los otros, recójete en ti mismo.
Quizás tenga razón, Unamuno, quizás no. El primer recuerdo o, al menos, el recuerdo que yo identifico como el primero que conservo en relación a la vida y la obra de Miguel de Unamuno, es el de la durísima discusión con el generalote Millán Astray y sus secuaces, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, aquella en la que a berreos como:
¡Cataluña y el Paí­s Vasco, el Paí­s Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frí­o bisturí­!
Unamuno respondía:
El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada.
y a los:
¡Viva la muerte!
Unamuno respondía:
Unamuno no fue asesinado ese día de puro milagro. De todos modos, muerto en vida en su casa, murió al cabo de un tiempo.

Con el tiempo, llegué a leer algunos escritos más del intelectual bilbaíno. Pero no hay nada, en sus escritos, que me haga sentir que llego a comprender, o al menos a intuir, la esencia última de las ideas y del alma de Unamuno como la suicida discusión en Salamanca. ¿Cuántas personas, en la historia, han sido capaces de no meterse la lengua en el culo frente a docenas de energúmenos furiosos, armados y deseosos de reventar a quien los contradice? ¿Se podrían llenar las gradas de un estadio de fútbol, por ejemplo, con la totalidad de personas que, a lo largo de los siglos, responden o han respondido a esas características? Quizás sí, quizás no. Para mí está claro que el verdadero Unamuno se encuentra en esa discusión, que ahí está el Unamuno completo, absoluto, y no en esos diálogos a solas a los que él aludía en el fragmento de Soledad. Unamuno está en la discusión con los fachas, en el Unamuno que tiene los huevos de decirle a un atajo de nacionalcatólicos que ellos están, nada más y nada menos, que negando a Dios, que deseando la muerte de Dios, toda vez que con sus vivas a la Muerte, en realidad, están reclamando la muerte de la Vida, y Dios es Vida. ¿Qué Unamuno oculto, indescifrable, puede haber en ese Unamuno ya desaparecido que dialogaba consigo mismo en la soledad? ¿Es que acaso Unamuno sabía, intuía que, llegado el caso, le iba a poner el pecho a la Muerte como se lo puso? Es cierto que Unamuno dice saber que era "incapaz de permanecer en silencio", pero los límites de esa incapacidad sólo los pudo descubrir en el momento de la acción, en el momento donde tomó sus decisiones. Porque lo que nos define, en definitiva, es lo que hacemos.

Quizás sea por esa tempranamente conocida anécdota, pero lo cierto es que, desde siempre, siento una simpatía profunda por Miguel de Unamuno. Una simpatía que resiste, incluso, los retorcijones de tripas que suele producirme la lectura de su obra, una obra la que, ideológicamente, sentimentalmente incluso, entiendo que está en las antípodas de mi visión del mundo y del Hombre. Pero el Unamuno viejito y de pelotas de acero haciéndole frente a la barbarie se impone, y la simpatía se mantiene. Y más si lo comparo con sus "iguales", con sus contemporáneos pagados de sí mismos, estériles, infecciosos, con los monumentos a la fanfarria y al asco. ¿Qué queda, después de Unamno? ¿Ortiga y Gasset? No hay color...

0 comentarios: