Sobre el décimo round el mexicano Jorge ‘El Travieso’ Arce se agarraba a las cuerdas mientras el réferi intentaba separarlos. Al principio, me imaginaba que Arce, con esa actitud, firmaba su sentencia de muerte boxística en su país, que es una tierra que no perdona ni la cobardía, ni nada que se le parezca. Pero después recapacité que desde hacía uno o dos rounds su contrario, el puertorriqueño Wilfredo Vázquez Jr., que es un portento de técnica, preparació física, de puntería y de talento, había recuperado la cordura y no se prestaba a los intercambios suicidas con el mexicano y estaba regulando, haciendo la pelea que más le interesaba, huyendo de la única pelea que podía ganar el mexicano. Y era claro que Arce no estaba sin aire ni había abandonado la pelea. Simplemente, quería que su rival lo creyera, y que fuera a intentar noquearlo, y volver a tenerlo en la distancia óptima para su boxeo. Y los explosivos ataques de los últimos rounds me los confirmó.
La verdad, que el final fue de locos. El abandono de la esquina del portorriqueño es inexplicable.
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