Dejando de lado los boxeadores que noquean por un golpe de suerte, hay básicamente dos tipos de nocauts: los que llegan porque el noqueador tiene dos martillos en las manos (Mike Tyson) y los que llegan porque el boxeador se cansa de llegar a la cara de su rival durante toda la pelea (Muhammad Ali). Sergio Maravilla Martínez es un tipo que llega y llega y llega y llega. Y cuando peor se encuentra, mejor boxea. Eso lo sufrió en su piel el excelente boxeador ucraniano Sergiy Dzinziruk, en una pelea de marzo de este año que no había visto hasta ahora. Después de un 7º round que el argentino había perdido (el primero en toda la pelea), llegaron unas combinaciones explosivas, y el ucraniano se desparramó por el suelo tres veces, con cara de no poder creerse lo que estaba pasando. Era la misma expresión, acentuada por las brumas del nocaut inminente, que había tenido en dos rounds anteriores, que también había visitado la lona. Y no es para menos: Dzinziruk es un pedazo de boxeador. Estaba invicto, acostumbrado a mandar siempre, campeón del mundo siete veces, un record amateur bestial, buena defensa, buen ataque. Pero como siempre pasa entre los boxeadores buenos o excelentes y entre los que son, sencillamente, algo diferente, es que su defensa era un poquito peor que la de Martínez, y sus ataques tenían un poquito, no mucha, peor puntería que Martínez.
El 7º round había acabado con un Maravilla Martínez que había recibido muchísimos más golpes de los que debía haber recibido. Se lo veía algo ahogado desde algunos rounds anteriores, y en ese sentido esa era el único punto en el que su rival se mostraba más fuerte. El ojo izquierdo lleno de sangre y un rincón que, inexplicablemente, lo recibía entre sonrisas, olvidándose de repararle la carrocería. No recuerdo haber visto ninguna pelea en la que el propio boxeador debiera dirigir la tarea de su rincón. Pero siempre hay una primera vez.
Llegó el 8º round, el ucraniano salió con todo, y recibió todas las piñas necesarias para irse a su casa. No lo podía creer, y no hacía falta hacer ningún curso de lenguaje corporal para darse cuenta de ello.
Maravilla Martínez es un boxeador diferente. Cuando mejor defiende, es cuando baja los brazos y torea durante segundos y segundos, entrando y saliendo de la distancia. Con diferencia. Casi todas las manos que recibió, las recibió con la guardia armada. Algunos cruces dio y recibió por culpa de llevar la mano que no golpea demasiado baja, una de las pocas debilidades técnicas que tiene. Pero tampoco es algo que haga todo el tiempo. Y, desde luego, aun así es infinitamente mejor su guardia que casi todo lo que se ve por ahí. Y es un boxeador diferente, incluso, cuando noquea: cuando Dzinziruk había apoyado el guante o la rodilla en la lona, el último golpe del argentino nunca llegaba a destino, siempre lo contenía. Honesto y leal.

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