El café debe tomarse como sus letras lo indican: Caliente, amargo, fuerte, y escaso, decía mi viejo, y yo sigo al pie de la letra el axioma en todas sus partes salvo en lo de escaso, que me gusta largo. Con respecto al mate, me gusta tomarlo, también amargo, porque me gusta modificar el dicho criollo y decir que "pa'dulce la vida".
Con el té he dado con mi talón de Aquiles. Por más que porfié unas pocas veces, no me es posible tomarlo amargo. Me es imprescindible la dulzura en el té. Dulzura de azúcar. No miel, no sacarina: azúcar.
Los japoneses toman el té amargo, y salvo por la obviedad de suponer que toman un té de bastante mejor calidad que el que tomo yo, no se me ocurre el por qué de esta preferencia, y lo malo de hacer algo diferente a como lo hacen los japoneses es que uno se queda pensando en qué carajo uno se está equivocando. Si los japoneses lo toman amargo (y no lo olvidemos, los japoneses son orientales, ergo, son infalibles y profundíiiisimos), me estoy perdiendo algo sublime al tomarlo dulce, muy dulce.