La elevación de Maruja

¿Cuántos años hará que leí este libro? Quizás diez años. Había decenas y decenas de ejemplares de esa nouvelle y de varios títulos más escondidos en unas estanterías de lo que había sido el laboratorio de mi abuelo, el que fue el inicio de su pequeña fortuna y que regaló a mis padres cuando ya lo tenía abandonado y generando pérdidas espantosas, en épocas de precios regulados por el Estado y en el cual si se dejaba pasar un decreto (o ley, u ordenanza, vaya uno a saber) que permitía aumentar el precio de los productos vendidos, pues ya no se los podía subir al día siguiente, a pesar de la inflación y de la crisis. El laboratorio vendía agua destilada, básicamente: productos homeopáticos. En las estanterías había decenas de elevaciones de marujas, decenas de rotulados como psicópata (cuando debían llamarse Rotulado como psicótico si su autor hubiera sido menos ignorante) decenas de curiosidades matemáticas, de anectrones y neutrinos, decenas, quizás centenares de nuevas prosibilidades en criptografía, decenas de últimas tempestades, de vidas en el gran río, de muertes en el hielo. Un buen día, quizás con once años, decidí que podía hacerlos guita, e inundé el Parque Rivadavia de esos libritos, malbaratándolos o canjeándolos dos por uno, tres por uno, diez por uno. Al día siguiente, algún vendedor me reclamaba que cómo podía haberle vendido el mismo libro a todos los puesteros, que eso no se hacía. Durante años me crucé con mis decenas de libros aquí y allá, por toda la feria de libros usados.
La elevación de Maruja era un libro minúsculo, de tapas negras y un retrato, en blanco y negro, de una señora muy seria y bastante, bastante fea. Apenas unas pocas páginas más de las imprescindibles para considerárselo contenedor de una novela y no de otra cosa. Después de años de titubear entre leerlo o no leerlo (las críticas que había recolectado, en el ámbito familiar, habían sido lapidarias, definitivas: La elevación de Maruja era un bodrio indigerible; quien había tenido la tarea de pasarlo a máquina para su posterior edición había sufrido, con toda la literalidad de esa palabra y sin que haga falta agregar nada más). Pero un buen día lo leí, una o dos tardes me costó. Mamma mia, qué desfile inconexo de anécdotas aburridas, de pésimo gusto. Lo único que aún recuerdo, hoy por hoy, casi literalmente, acabó siendo la descripción de las clases de baile de Maruja, con las tablas del salón retumbando con sus zancadas de elefante. Si lo hubiera descrito Tom Sharpe habría sido gracioso. Ah, y que, por ahí, nos contaban, sin que viniera a cuento, que Maruja, alguna vez, había abortado un niño. Cuando se cuentan cosas de los personajes sin que esas cosas vengan a cuento, no es otra cosa más que traicionarlos. En fin, incluso magnas obras como La gran aldea (novela que tiene un título genial y que agota esa genialidad en el título, para más datos) acaban traicionando a sus personajes, por lo que vaya y pase. Pero no, en fin...
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